jueves, 27 de abril de 2017

Códec


Versión castellanizada del anglicismo “codec” (\ˈkōdek\), definido por el Diccionario de Internet de la Universidad Nebrija como ‘combinación de un codificador y un descodificador que funcionan en sentidos opuestos de transmisión en el mismo equipo’.
En el ámbito de las telecomunicaciones es un acrónimo de “codificador decodificador” (“coder” y “decoder” en inglés) que designa el dispositivo que codifica las señales analógicas en digitales para que se transmitan a través de la red y las decodifica al formato adecuado para su reproducción o manipulación, es decir, para que el ordenador o el dispositivo móvil pueda interpretarlas.
En el campo de la informática es un acrónimo similar, en este caso de “compresor decompresor” (“compressor” y “decompressor” en inglés”), utilizado para designar un algoritmo matemático que comprime el número de bytes consumidos por grandes ficheros y programas. Por ejemplo, en el caso de los vídeos, el códec Xvid corta áreas de colores similares en los fotogramas y determinadas frecuencias imperceptibles al oído humano (con la consiguiente pérdida de información y calidad).

martes, 18 de abril de 2017

Anglicismos financieros: underwater y negative equity



El clamor que existe en España a favor de la dación en pago tiene como base una realidad social abrumadora: medio millón de hogares intentan pagar hipotecas underwater, según un artículo publicado a mediados de 2013 por AFI (Analistas Financieros Internacionales)1. Bajo este anglicismo, un término muy transparente en inglés, pero críptico y percibido como eufemístico para el hablante español medio, se esconde una situación difícil de sostener para muchas familias españolas: la deuda que contrajeron con el banco supera ahora el valor de su vivienda. Esa deuda ya no se puede saldar entregando la vivienda a la entidad. El contrayente se encuentra acuciado por el ahogo de sus pagos pendientes, bajo el agua: underwater. Dicho en el tecnolecto de la economía: su hipoteca está en negative equity.

Las «hipotecas underwater» aparecieron por primera vez en la prensa española en 2009. Los medios se hicieron eco entonces de los efectos perniciosos de la crisis de las subprimes2 en Estados Unidos. Entre esos efectos estaba el hecho de que muchos contrayentes de aquellas hipotecas basura se vieron incapaces de pagarlas, puesto que sus viviendas se depreciaron y resultaron valer menos que el capital adeudado al banco. En estas primeras apariciones en los periódicos españoles underwater se muestra como anglicismo crudo, pero acompañado de su pertinente traducción y explicación, tratando de salvar el desconocimiento del idioma y aun del concepto:

La ciudad de los casinos encabeza la lista elaborada por «Zillow.com» de las ciudades con más propietarios de casas que en la actualidad tienen una hipoteca superior al valor de su hogar, una situación que en Estados Unidos se denomina underwater («bajo el agua»). (El Mundo, 20.5.2009)
«Cada pérdida de empleo, cada divorcio, cada incidente como estos se va a convertir en una ejecución porque sus casas ya se encuentran bastante bajo el agua», dijo Brinkmann. Cuando una casa está «bajo el agua» (en inglés underwater), quiere decir que el precio ha caído por debajo del valor de la hipoteca. (El Mundo, 28.5.2009)

El calco «bajo el agua» utilizado en los artículos de El Mundo arriba transcritos, era, en 2009, una solución de urgencia plausible para aclarar un concepto relativamente desconocido para los lectores españoles y para la economía nacional. Todavía no existían propuestas de equivalencia más ponderadas. Igual de crudo llegó el anglicismo underwater a octubre de 2010, importado ahora por un informe de Standard & Poor’s. La agencia de calificación alertaba entonces de que el problema de las hipotecas de valor superior a la vivienda hipotecada empezaba a ser importante en España:

El negative equity (fenómeno también conocido como underwater y que se produce cuando el valor de una vivienda es inferior al de su hipoteca) penetra cada vez más en España. Según un informe de la agencia de calificación de riesgos Standard & Poor’s un 8 % de los hipotecados en España se encuentra en una situación en la que debe más por su vivienda de lo que vale. (Idealista.com, 6.10.2010)

Tanto el sintagma «hipoteca underwater» como su análogo semántico negative equity vuelven a aparecer en la prensa generalista española en abril de 2013, cuando el citado informe de AFI, así como la campaña popular a favor de una iniciativa legislativa que permita la dación en pago, ponen de nuevo sobre el escenario el problema social de las hipotecas de difícil pago. Esta vez, los informadores que se hacen eco del estudio de AFI se esfuerzan por encontrar un equivalente al préstamo puro e introducen el neologismo «hipoteca sobrevalorada» para «hipoteca underwater». Esta equivalencia nos resulta poco transparente y carente de la potencia metafórica de la voz underwater.

Son aquellos préstamos concedidos en época de bonanza económica por el 80 % o más del valor del inmueble y que ahora reciben el nombre de hipotecas underwater o sobrevaloradas. (El Heraldo, 21.4.2013)

Puesto que, según los datos del citado estudio, la inmensa mayoría de hipotecados españoles que se encuentran en situación de negative equity son aquellos que adquirieron sus viviendas en la época del famoso boom inmobiliario, proponemos designar a las hipotecas que contrajeron «hipotecas burbuja». Se transmite así, por un lado, la idea de que se trata de hipotecas infladas. Por otro lado, se las vincula con su origen en España: la burbuja inmobiliaria que estalló a finales de 2007. Para la expresión to be underwater podemos encontrar un equivalente bastante eficaz, a nuestro entender: «estar sobrehipotecado». En resumen, consideramos apropiado traducir «hipoteca underwater» por «hipoteca burbuja» en la mayoría de contextos, mientras que la locución «estar underwater» se podría expresar como «estar sobrehipotecado/a».

Una vez que hemos salido a flote en nuestro intento de ofrecer equivalentes eficaces para «hipoteca underwater», debemos abordar el estudio de su pariente semántico negative equity, anglicismo puro de cariz más técnico que underwater. Veamos cuál ha sido su uso en la prensa generalista española.

En primer lugar, cabe reconocer que los intentos de la prensa española de ofrecer una alternativa a negative equity han resultado poco afortunados. Lo más común ha sido, hasta ahora, mantener el anglicismo entrecomillado, o en cursiva, acompañado de una glosa explicativa:

Entrar en negative equity se ha convertido en un auténtico problema e incluso un drama para muchas familias españolas. Por un lado, porque si necesitan vender su vivienda empujados, por ejemplo, por motivos económicos —no pueden pagar la hipoteca—, no conseguirían el dinero suficiente por la venta para cancelar la deuda contraída con el banco. (El Confidencial, 10.4.2013)

No obstante, y muy pegado al término original, también hemos encontrado el calco formal y semántico «equidad negativa» en diversos foros y blogs económicos consultados. Esta construcción resulta de escaso rigor semántico, puesto que transfiere equity como «equidad», por la semejanza formal (lo que Chris Pratt llama paronimia3) entre ambas voces. En el contexto de las transmisiones patrimoniales, equity se debe entender como «capital líquido, fondos propios, fondos invertidos o patrimonio neto». Así pues, home equity significa «valor acumulado o valor líquido de una casa», y se refiere comúnmente al dinero que ya se ha pagado de una hipoteca más la ganancia en valor de la propiedad.

Al menos dos millones de británicos tienen «equidad negativa», que consiste en que el valor de sus propiedades es menor que el precio de la hipoteca que pagan por ellas, informó hoy el Consejo de Prestamistas Hipotecarios. (Blog Mundo en Crisis, 17.4.2009)

Despejada ya la confusión semántica, se entiende que en el contexto de la compra de inmuebles mediante hipotecas el sintagma negative equity puede trasladarse al español como «patrimonio (neto) negativo». Cuando decimos que una hipoteca está en situación de negative equity, podemos afirmar que se encuentra «en negativo». Proponemos, pues, acuñar el término «hipoteca en negativo» como equivalente plausible para las hipotecas con negative equity. Consideramos que este equivalente cuenta con las innegables ventajas de la parquedad y la transparencia. Al menos, ante la única alternativa acertada que hemos encontrado en la prensa española: «situación de pérdidas patrimoniales». Tal y como puede observarse en el ejemplo que transcribimos más abajo, esta construcción resulta un tanto farragosa para el lector medio:

Se le llama negative equity en el mercado anglosajón y consiste en que al bajar los precios de la vivienda llega un momento en que el importe de la hipoteca es superior al valor actual del piso en el mercado si el propietario intentara venderla. Y según un informe de la agencia Standard & Poor’s, un 8 % de los hipotecados en España se encuentra en esa situación de pérdidas patrimoniales. (El País, 6.10.2010)

Consideramos, pues, más esclarecedor decir que los contrayentes soportan una «hipoteca en negativo» que afirmar que los hipotecados se encuentran «en situación de pérdidas patrimoniales», «en negative equity» o «en equidad negativa». Junto a hipoteca en negativo sugerimos también la equivalencia hipoteca burbuja para underwater mortgage/loan y estar sobrehipotecado/a para la locución to be underwater.

1. Los datos pertenecen a un estudio realizado por la economista María Romero para Analistas Financieros Internacionales (AFI), en su revista Cuadernos de Información Económica, que publica la Fundación de las Cajas de Ahorro (FUNCAS), n.° 233 (marzo-abril de 2013). El artículo «Desahucios y dación en pago: estimación del impacto sobre el sistema bancario» está disponible en .
2. Sobre las hipotecas subprime, o hipotecas basura, véase el interesante artículo «Suprime: cuando las hipotecas huelen» de Luis González en puntoycoma n.° 104.
3. Pratt, en Anglicismos hispánicos (1980), Gredos, Madrid, se refiere a un tipo particular de anglicismos que se da cuando existe similitud formal y semántica entre dos voces de lenguas distintas, como es el caso que nos ocupa: equidad y equity. Aunque en algunos contextos equity se puede traducir por equidad, en otros, como vemos en este artículo, no es así. Estos anglicismos semánticos parónimos también se conocen como «falsos amigos» en el contexto de la enseñanza de segundas lenguas.

jueves, 6 de abril de 2017

Esquí (pl. esquís y esquíes) / esquiar


Vocablo proveniente del nórdico antiguo “skið” (“raqueta [de nieve] larga”), cognado del inglés antiguo “scid” (“trozo [largo] de leña”) y del hoy arcaico “shide”, provenientes de la raíz indoeuropea “skei–” (“cortar”, de la que derivan los términos que comienzan por “schizo–” / “esquizo–”).
Llega al español como adaptación gráfica del galicismo “ski” (/ski/), forma que también se utiliza en inglés (/skiː/), lo cual no impide que el universo cosmopaleto no se dé por aludido y se obstine en escribir (e incluso pronunciar) “sky” /skaɪ/ (“cielo”).

jueves, 23 de marzo de 2017

¿Habla usted mi idioma?



Algunas cosas solo suceden en el cine. Por ejemplo, mantener una agradable conversación telefónica y colgar sin decir «hasta luego». O ir a un gran edificio en coche y aparcar justo a la puerta. O que todos los teléfonos empiecen con 555.
Los traductores del cinematógrafo han desarrollado también un séptimo arte de hablar. Así, escuchamos con frecuencia a los actores algunas frases que casi nunca oímos en nuestra vida cotidiana.
Cuando alguien no está de acuerdo con algo, suele decir a este lado de la pantalla: «No estoy de acuerdo». O «no lo veo, chico». O «ni de coña, maja». O «ni hablar». En cambio, si actuase ante una cámara diría: «No creo que sea una buena idea».
Sabemos que los doblajes obligan a resolver un sudoku en el que juegan el movimiento de los labios y lo que se decía en la lengua original. Pero da la sensación de que algunos guionistas han tomado carrerilla y aplican esas extrañas fórmulas incluso a las obras rodadas en español.
Así, oímos a menudo en el cine: «¡Que te den!». ¿Que le den qué? En el español de España se aprecia que falta algo. Además de lo que usted ha pensado, podría completarse así: «Que te den morcilla».
En muchas películas, alguien cae rodando por las escaleras —propinándose un golpe en cada peldaño— y le pregunta quien le espera abajo para recogerlo amorosamente y reconfortarlo: «¿Te encuentras bien?». Y el espectador tendrá ganas entonces de pensar: «Coño, ¿no ves que se ha caído por las escaleras?, ¿cómo se va a encontrar?». Claro, porque el espectador, si estuviera al pie de la escalinata de mármol por la que se ha derramado el torpe protagonista, preguntaría en ese caso: «¿Te has roto algo?»; pues ha quedado claro que bien del todo no puede encontrarse.
Por el contrario, alguien se merece una felicitación por ese hallazgo tan exclusivamente cinematográfico que se pronuncia cada vez que se encuentran dos personajes en una selva, o similar: «¿Habla usted mi lengua?». Merece elogio, digo, porque la fórmula sirve para cualquier idioma original en que se haya rodado la película y para cualquier lengua a la que se traduzca; pero si el otro no habla su idioma, ¿cómo va a entenderle la pregunta? Usted dígale «buenos días» y ya le contestará «buenos días tenga usted» si es que ha entendido su lengua. Si no la entiende, la misma cara le va a poner que si preguntara «¿habla usted mi lengua?»; y si la entiende se ahorrarán preámbulos y entrarán ya en materia después del saludo inicial.
En la vida real, alguna gente no sabe cómo decir que no. Debieran ir más al cine. Si alguien le propone a un amigo que cruce la montaña para encontrarse con su primo, pongamos por caso, puede recibir esta respuesta: «Cruzar la montaña no es una opción». O sea, el actor dice de esa guisa lo que a este lado de la pantalla expresaríamos de otro modo: «No se puede cruzar la montaña», tal vez porque alberga peligros insondables o porque sencillamente no se puede cruzar la montaña.
Si se hubiera rodado una película sobre el torero Rafael El Gallo, su famosa frase «lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible» la habrían formulado de otra manera: «Lo que no puede ser no puede ser, y además no es una opción».
En algunas películas, lo que a este lado de la pantalla llamamos «funeral» se denomina «servicio religioso» (aunque no quede muy claro qué servicio recibe el muerto); y si alguien obtiene un éxito no gritará «¡bien, bien!», o «¡qué suerte!», o «¡de puta madre!», sino «síiii, síiii, síiii». Y si va a suceder una catástrofe, quien se da cuenta de lo que se avecina gritará horrorizado: «¡Ooooh, Dios mío!». Y el que esté a su lado agregará: «¡Maldita sea, maldita sea!».
Hay que entender todo eso, porque no debe de resultar fácil traducir un diálogo con el metrónomo del movimiento bucal.
Siempre será mejor la versión original subtitulada, claro; pero solo si tenemos la suerte de no encontrarnos muchas faltas de ortografía en sus textos. Porque, ¡ooooh, Dios mío!, a veces parece que en los subtítulos tampoco hablasen nuestra lengua.

Idioma y ciudadanía



Bien hablar y bien escribir (no se me oculta lo relativo del adverbio: no aludo a oradores fluidos ni a escritores, sino a quienes se expresan ejercitando algún control sobre cómo hablan y escriben) tiende a verse en nuestros días como atributo de clase social. En realidad así es y así ha parecido siempre, pero con una diferencia importante: la clase que así se expresaba se reconocía como «superior»; impresionaba e infundía respeto desde que empezaba a hablar y escandalizaba si no lo hacía de aquel modo. Quienes procedíamos de estratos sociales humildísimos no cuestionábamos aquel lenguaje: tratábamos de apropiárnoslo. Hoy no; las clases víctimas de la secular injusticia de la incultura tienden a convertir ésta en forma de cultura y a proponerla como instrumento contra la otra, la denominada burguesa. Se enfrentan fundamentalmente los gustos en las artes y se introduce, dentro del bloque diferencial, el lenguaje. El idioma «correcto» ya no resulta, para muchos, deseable, por entender que es una manifestación más de la superestructura. Les basta, dicen o piensan, el suyo propio, el de su ámbito familiar y socioeconómico. De ese modo, el idioma que oyen en las aulas y que quiere imbuírseles en ellas puede resultarles raro o ininteligible y desdeñable. He aquí el primer problema grave con que puede enfrentarse el profesor en muchos centros (y en muchas regiones, pero tampoco me ocuparé ahora de tal cuestión): la indiferencia e incluso hostilidad de los estudiantes ante una lengua más refinada, copiosa y flexible. La tentación —quién sabe si propiciada por rusonianos pedagogos— consistirá, tal vez, en abandonar y resignarse: convertir la clase en trámite de convicción. O, por el contrario, hacer frente a aquel desinterés, enrigideciendo la exigencia: peligroso e injusto modo de reaccionar que inhabilitaría para la acción necesaria.
La situación de perplejidad estuvo viva en la sociedad y en la pedagogía soviéticas durante años. Y, si no estoy equivocado, acabaron con ella los artículos que publicó José Stalin en Pravda en 1950. Su esfuerzo se concentró en demostrar que la lengua no es una superestructura crecida a la economía y dependiente de ella. No debe confundirse, aseguraba el líder soviético, la lengua con la cultura: ésta puede ser burguesa o socialista, mientras que la lengua, como medio de comunicación entre los hombres, es común a todo el pueblo. Y escribía, dogmáticamente pero con evidente razón: «Esos camaradas (quienes pensaban lo contrario) se equivocan gravemente al afirmar que la existencia de dos culturas diferentes conduce a la formación de dos lenguas diferentes y a la negación de la necesidad de una lengua única».
La lengua debe ser considerada y tratada como «órganon». La comunicación no es su único objetivo, sino también la creación del pensamiento. Son los objetos comunicables los que importan, no los signos, pero sucede que, sin signos, no hay objetos comunicables. Y que, por tanto, la potencialidad del pensamiento es función de la riqueza y complejidad que posea el sistema sígnico, el idioma con que se piensa. Nada más absurdo que valorar la pobreza de tal sistema como atributo de clase, como arrogante emblema de un estado social, de un modo peculiar de cultura. Un movimiento socializador, que tienda a una participación colectiva en los bienes, no puede empezar deseando el empobrecimiento de éstos ni de sus medios de producción. Y ocurre que, dicho en toscos términos materiales, el idioma es un medio básico de producción (cosa que ya afirmó N. J. Marr).
Creo que sin un convencimiento así o parecido, el profesor de español actuará fría o tímidamente ante el muy probable prejuicio de sus alumnos. Ha de estar muy persuadido de la bondad de su causa para que el desaliento no lo paralice (para exigir, por ejemplo, una ortografía cuidadosa) y para poder transmitir a los escolares su propia convicción. El idioma de éstos, rudimentario, mezcla informe de vulgarismos, «tics» callejeros y clichés, no es respetable. Pero debe ser respetado (puesto que son inculpables) para montar sobre él, estratégicamente, su enriquecimiento. De algún modo deben convencerse los alumnos de que su estado lingüístico, si no salen de él, los frenará social y profesionalmente (también cívica y políticamente). Y de que el profesor, decidiéndose a no intervenir, consagraría una injusticia; porque siempre habrá muchachos, allí o en otros centros, que posean mejores instrumentos de pensamiento y expresión, adquiridos en el medio cultural de que proceden.
Estimamos, por ello, absolutamente preciso que el profesor atraiga los alumnos hacia la lengua que el civismo habla y escribe, a la norma culta media. Para lo cual, según hemos dicho, resulta necesario partir del respeto total a las deficiencias expresivas de los muchachos: éstos no deben sentirse humillados si hay que ganar su confianza y si se desea interesarlos eficazmente en el proceso de su perfeccionamiento. Puede llegarse a su inhibición y, como ya he dicho, a su hostilidad si se valora explícitamente como muy bajo su idioma, si se lo reprochamos, si desde el primer momento se les proponen modelos refinados o exquisitos de literatura. El arte de empezar (¿por dónde?, ¿cómo?) es muy dificultoso, y variará naturalmente. con el nivel de conocimientos de la clase, su procedencia, lugar, etcétera.
En cualquier caso, no deben proscribirse las peculiaridades individuales (idiolectos) o de grupo. Lo que sí pensamos que debe hacerse pronto es ir acostumbrando a la autocrítica, a la conciencia reflexiva sobre cómo se dicen las cosas. Es el problema de los «registros» idiomáticos. La situación culturalmente más baja corresponde a aquellos que sólo poseen un registro para su comunicación. Es lo que suele ocurrir con multitud de alumnos en los primeros años de su actividad escolar. Una pedagogía lingüística racional, a la que los planes de estudio concedieran el tiempo preciso para su desarrollo, debe consistir en ir aumentando los registros en que el alumno puede expresarse, no para que menosprecie o suprima los más llanos, familiares, regionales y hasta jergales que constituyen su hábito, sino para que aprenda a identificarlos como tales. Pretender que un muchacho se exprese, hablando o escribiendo, como un adulto educado, sería empresa vana e inútil, ya que ese adulto no se expresa —si no es pedante— de un modo uniforme, sino que cambia de registros con gran movilidad: en ello consiste su cultura.
Ese control crítico es el que conviene imbuir a los escolares; no es el reproche del profesor lo que interesa, sino la calificación que ellos mismos hagan de su propia expresión, conscientes de que están utilizando un vulgarismo, un «tic» estudiantil, un regionalismo, un localismo, una voz o un giro de ámbito familiar, etcétera, que no pertenecen a la lengua media culta, la cual deben ir poseyendo poco a poco, gracias al trabajo de las aulas y a su permeabilidad y receptividad para esa lengua.
Otra cuestión, y muy ardua, es la de las tácticas concretas para lograrlo. Nuestra tradición pedagógica parece más bien pobre en lo referente a la enseñanza práctica de la lengua materna. También en esto tenemos una revolución pendiente, de la que nada se habla ni en las alturas oficiales ni en las otras. ¿Para cuándo la implantación efectiva de una metodología eficaz, en una acción semejante a la que tuvo lugar en Francia a principios de siglo? No es cuestión intrascendente: la vida social depende de la cultura idiomática de los ciudadanos mucho más de lo que suele creerse. Y si no se pone remedio a tiempo —está siendo ya demasiado tarde—, es lícito imaginar que van a resultar poco eficaces los esfuerzos que se hagan en otros órdenes de cosas para edificar una sociedad más justa y progresiva.

lunes, 20 de marzo de 2017

El prestigio de las palabras



Una mano se alzó entre los cientos de asistentes a aquella asamblea izquierdista, en la Universidad del posfranquismo. Y el estudiante que pedía la palabra le dijo a quien acababa de intervenir desde la mesa presidencial: «Perdona, te voy a hacer una autocrítica».
Algunas expresiones han adquirido un enorme prestigio con el paso de los años, como «autocrítica». Pero la supuesta confesión se convierte en un engaño si no se trata de un acto de sinceridad y si no implica alguna rectificación a cargo del autor.
Esas palabras de prestigio se impregnan de respeto y bendicen todo cuanto tocan, pues llevan dentro connotaciones positivas, objetivas, ajenas al debate. Y que a veces nos engañan.
El término “evolución” figura también en ese grupo. Hallamos propuestas de evolución en el periodismo, en la arquitectura, en el lenguaje, en nuestra concepción de la vida. «Hay que evolucionar», «Fulano no ha sabido evolucionar», «El enfermo no evoluciona», «El coche de Vettel lleva nuevas evoluciones»… Llama la atención que el verbo y el sustantivo (“evolucionar” y “evolución”) se apliquen casi siempre a desarrollos positivos, cuando el Diccionario no les otorga esa virtud. Quizás al valor meliorativo de “evolución” y “evolucionar” contribuya la mera existencia de “involución” y de “involucionar”. Sin embargo, tanto “evolucionar” como “involucionar” se refieren al desarrollo de algo hacia delante o hacia atrás, no necesariamente a su mejora o empeoramiento. Tal vez un enfermo desearía involucionar, por ejemplo: retroceder al momento en que estaba sano. «El idioma evoluciona», se suele argüir como lugar común ante cualquier crítica de un neologismo. Pero, aunque casi hayamos excluido esa idea en el significado, se dan a menudo evoluciones negativas: el enfermo empeora, la ciudad se degrada, nuestro léxico se empobrece. Y ese prestigio de la palabra “evolución” hace que lo olvidemos.
El término “auditoría” forma parte también del listado de vocablos prestigiosos. «Te voy a hacer una autocrítica» se asemeja en su sinrazón a «te voy a hacer una auditoría», expresión esta parecida a las que a veces oímos en el debate político.
Ni la “auditoría” ni el “auditor” están bien definidos en el actual Diccionario, que se refiere así a la auditoría contable: ‘Revisión de la contabilidad de una empresa, de una sociedad, etcétera, realizada por un auditor’. Pero luego el concepto de auditor no queda muy delimitado: ‘Que realiza auditorías’. La Academia resolverá el problema para la siguiente edición, en la que prevé redefinir de este modo la voz auditoría: ‘Revisión y verificación de las cuentas y de la situación económica de una empresa, realizada por un experto independiente’.
Y ahí está la clave: en la independencia de quien se encargue del trabajo; porque en eso radica el prestigio de “auditoría”: Por tanto, las auditorías contra un adversario y las “auditorías internas” de las que últimamente oímos hablar aprovechan el prestigio de la palabra para manipularla.
El auditor, además, si atendemos al origen del término (auditor, –oris), debe escuchar a unos y otros, enterarse bien. Los discípulos recibían en la Roma antigua el nombre de “auditores”, pues prestaban atención continua a su maestro. “Oír” y “enterarse” andaban entonces de la mano, y una expresión como audisti de malis nostris significaba «ya estás enterado de nuestras desgracias» (Diccionario Vox, 1990). “Auditoría”, “evolución”, “sostenible”, “autocrítica”, ”crecimiento”, “racionalizar”, “transparencia”… son vocablos de prestigio. Como la palabra “futuro”. Quién puede cuestionarla, si en ella volcamos todos los deseos. Después, el propio futuro decidirá por su cuenta, y reducirá nuestra capacidad de someterlo a solo aquello que realmente dependía de nosotros mismos. Pero mientras tanto, su prestigio nos seduce en el discurso político y en sus ofertas. Por eso quizás convenga que, cuando nos regalen esos términos para endulzar una frase, nos fijemos bien en las palabras amargas que haya a su alrededor.

martes, 14 de marzo de 2017

Afordable


Es difícil saber qué caso es más común: el de quienes, escribiendo en inglés (no los culpo, ya que el engendro aparece hasta en algún mal llamado “diccionario”), se olvidan de una de las efes del adjetivo “affordable” /əˈfɔːdəbl/ (“razonable”, “módico”, “asequible” —que no “accesible”, ni mucho menos “accequible”—), aunque el término provenga del inglés medio “aforth” y la segunda efe no se añadiera hasta el siglo XVI; o el de quienes, escribiendo o hablando en español, se olvidan de la riqueza de su lengua y prefieren inventarse este palabro espantoso, como podemos ver aquí y aquí.