jueves, 23 de marzo de 2017

¿Habla usted mi idioma?



Algunas cosas solo suceden en el cine. Por ejemplo, mantener una agradable conversación telefónica y colgar sin decir «hasta luego». O ir a un gran edificio en coche y aparcar justo a la puerta. O que todos los teléfonos empiecen con 555.
Los traductores del cinematógrafo han desarrollado también un séptimo arte de hablar. Así, escuchamos con frecuencia a los actores algunas frases que casi nunca oímos en nuestra vida cotidiana.
Cuando alguien no está de acuerdo con algo, suele decir a este lado de la pantalla: «No estoy de acuerdo». O «no lo veo, chico». O «ni de coña, maja». O «ni hablar». En cambio, si actuase ante una cámara diría: «No creo que sea una buena idea».
Sabemos que los doblajes obligan a resolver un sudoku en el que juegan el movimiento de los labios y lo que se decía en la lengua original. Pero da la sensación de que algunos guionistas han tomado carrerilla y aplican esas extrañas fórmulas incluso a las obras rodadas en español.
Así, oímos a menudo en el cine: «¡Que te den!». ¿Que le den qué? En el español de España se aprecia que falta algo. Además de lo que usted ha pensado, podría completarse así: «Que te den morcilla».
En muchas películas, alguien cae rodando por las escaleras —propinándose un golpe en cada peldaño— y le pregunta quien le espera abajo para recogerlo amorosamente y reconfortarlo: «¿Te encuentras bien?». Y el espectador tendrá ganas entonces de pensar: «Coño, ¿no ves que se ha caído por las escaleras?, ¿cómo se va a encontrar?». Claro, porque el espectador, si estuviera al pie de la escalinata de mármol por la que se ha derramado el torpe protagonista, preguntaría en ese caso: «¿Te has roto algo?»; pues ha quedado claro que bien del todo no puede encontrarse.
Por el contrario, alguien se merece una felicitación por ese hallazgo tan exclusivamente cinematográfico que se pronuncia cada vez que se encuentran dos personajes en una selva, o similar: «¿Habla usted mi lengua?». Merece elogio, digo, porque la fórmula sirve para cualquier idioma original en que se haya rodado la película y para cualquier lengua a la que se traduzca; pero si el otro no habla su idioma, ¿cómo va a entenderle la pregunta? Usted dígale «buenos días» y ya le contestará «buenos días tenga usted» si es que ha entendido su lengua. Si no la entiende, la misma cara le va a poner que si preguntara «¿habla usted mi lengua?»; y si la entiende se ahorrarán preámbulos y entrarán ya en materia después del saludo inicial.
En la vida real, alguna gente no sabe cómo decir que no. Debieran ir más al cine. Si alguien le propone a un amigo que cruce la montaña para encontrarse con su primo, pongamos por caso, puede recibir esta respuesta: «Cruzar la montaña no es una opción». O sea, el actor dice de esa guisa lo que a este lado de la pantalla expresaríamos de otro modo: «No se puede cruzar la montaña», tal vez porque alberga peligros insondables o porque sencillamente no se puede cruzar la montaña.
Si se hubiera rodado una película sobre el torero Rafael El Gallo, su famosa frase «lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible» la habrían formulado de otra manera: «Lo que no puede ser no puede ser, y además no es una opción».
En algunas películas, lo que a este lado de la pantalla llamamos «funeral» se denomina «servicio religioso» (aunque no quede muy claro qué servicio recibe el muerto); y si alguien obtiene un éxito no gritará «¡bien, bien!», o «¡qué suerte!», o «¡de puta madre!», sino «síiii, síiii, síiii». Y si va a suceder una catástrofe, quien se da cuenta de lo que se avecina gritará horrorizado: «¡Ooooh, Dios mío!». Y el que esté a su lado agregará: «¡Maldita sea, maldita sea!».
Hay que entender todo eso, porque no debe de resultar fácil traducir un diálogo con el metrónomo del movimiento bucal.
Siempre será mejor la versión original subtitulada, claro; pero solo si tenemos la suerte de no encontrarnos muchas faltas de ortografía en sus textos. Porque, ¡ooooh, Dios mío!, a veces parece que en los subtítulos tampoco hablasen nuestra lengua.

Idioma y ciudadanía



Bien hablar y bien escribir (no se me oculta lo relativo del adverbio: no aludo a oradores fluidos ni a escritores, sino a quienes se expresan ejercitando algún control sobre cómo hablan y escriben) tiende a verse en nuestros días como atributo de clase social. En realidad así es y así ha parecido siempre, pero con una diferencia importante: la clase que así se expresaba se reconocía como «superior»; impresionaba e infundía respeto desde que empezaba a hablar y escandalizaba si no lo hacía de aquel modo. Quienes procedíamos de estratos sociales humildísimos no cuestionábamos aquel lenguaje: tratábamos de apropiárnoslo. Hoy no; las clases víctimas de la secular injusticia de la incultura tienden a convertir ésta en forma de cultura y a proponerla como instrumento contra la otra, la denominada burguesa. Se enfrentan fundamentalmente los gustos en las artes y se introduce, dentro del bloque diferencial, el lenguaje. El idioma «correcto» ya no resulta, para muchos, deseable, por entender que es una manifestación más de la superestructura. Les basta, dicen o piensan, el suyo propio, el de su ámbito familiar y socioeconómico. De ese modo, el idioma que oyen en las aulas y que quiere imbuírseles en ellas puede resultarles raro o ininteligible y desdeñable. He aquí el primer problema grave con que puede enfrentarse el profesor en muchos centros (y en muchas regiones, pero tampoco me ocuparé ahora de tal cuestión): la indiferencia e incluso hostilidad de los estudiantes ante una lengua más refinada, copiosa y flexible. La tentación —quién sabe si propiciada por rusonianos pedagogos— consistirá, tal vez, en abandonar y resignarse: convertir la clase en trámite de convicción. O, por el contrario, hacer frente a aquel desinterés, enrigideciendo la exigencia: peligroso e injusto modo de reaccionar que inhabilitaría para la acción necesaria.
La situación de perplejidad estuvo viva en la sociedad y en la pedagogía soviéticas durante años. Y, si no estoy equivocado, acabaron con ella los artículos que publicó José Stalin en Pravda en 1950. Su esfuerzo se concentró en demostrar que la lengua no es una superestructura crecida a la economía y dependiente de ella. No debe confundirse, aseguraba el líder soviético, la lengua con la cultura: ésta puede ser burguesa o socialista, mientras que la lengua, como medio de comunicación entre los hombres, es común a todo el pueblo. Y escribía, dogmáticamente pero con evidente razón: «Esos camaradas (quienes pensaban lo contrario) se equivocan gravemente al afirmar que la existencia de dos culturas diferentes conduce a la formación de dos lenguas diferentes y a la negación de la necesidad de una lengua única».
La lengua debe ser considerada y tratada como «órganon». La comunicación no es su único objetivo, sino también la creación del pensamiento. Son los objetos comunicables los que importan, no los signos, pero sucede que, sin signos, no hay objetos comunicables. Y que, por tanto, la potencialidad del pensamiento es función de la riqueza y complejidad que posea el sistema sígnico, el idioma con que se piensa. Nada más absurdo que valorar la pobreza de tal sistema como atributo de clase, como arrogante emblema de un estado social, de un modo peculiar de cultura. Un movimiento socializador, que tienda a una participación colectiva en los bienes, no puede empezar deseando el empobrecimiento de éstos ni de sus medios de producción. Y ocurre que, dicho en toscos términos materiales, el idioma es un medio básico de producción (cosa que ya afirmó N. J. Marr).
Creo que sin un convencimiento así o parecido, el profesor de español actuará fría o tímidamente ante el muy probable prejuicio de sus alumnos. Ha de estar muy persuadido de la bondad de su causa para que el desaliento no lo paralice (para exigir, por ejemplo, una ortografía cuidadosa) y para poder transmitir a los escolares su propia convicción. El idioma de éstos, rudimentario, mezcla informe de vulgarismos, «tics» callejeros y clichés, no es respetable. Pero debe ser respetado (puesto que son inculpables) para montar sobre él, estratégicamente, su enriquecimiento. De algún modo deben convencerse los alumnos de que su estado lingüístico, si no salen de él, los frenará social y profesionalmente (también cívica y políticamente). Y de que el profesor, decidiéndose a no intervenir, consagraría una injusticia; porque siempre habrá muchachos, allí o en otros centros, que posean mejores instrumentos de pensamiento y expresión, adquiridos en el medio cultural de que proceden.
Estimamos, por ello, absolutamente preciso que el profesor atraiga los alumnos hacia la lengua que el civismo habla y escribe, a la norma culta media. Para lo cual, según hemos dicho, resulta necesario partir del respeto total a las deficiencias expresivas de los muchachos: éstos no deben sentirse humillados si hay que ganar su confianza y si se desea interesarlos eficazmente en el proceso de su perfeccionamiento. Puede llegarse a su inhibición y, como ya he dicho, a su hostilidad si se valora explícitamente como muy bajo su idioma, si se lo reprochamos, si desde el primer momento se les proponen modelos refinados o exquisitos de literatura. El arte de empezar (¿por dónde?, ¿cómo?) es muy dificultoso, y variará naturalmente. con el nivel de conocimientos de la clase, su procedencia, lugar, etcétera.
En cualquier caso, no deben proscribirse las peculiaridades individuales (idiolectos) o de grupo. Lo que sí pensamos que debe hacerse pronto es ir acostumbrando a la autocrítica, a la conciencia reflexiva sobre cómo se dicen las cosas. Es el problema de los «registros» idiomáticos. La situación culturalmente más baja corresponde a aquellos que sólo poseen un registro para su comunicación. Es lo que suele ocurrir con multitud de alumnos en los primeros años de su actividad escolar. Una pedagogía lingüística racional, a la que los planes de estudio concedieran el tiempo preciso para su desarrollo, debe consistir en ir aumentando los registros en que el alumno puede expresarse, no para que menosprecie o suprima los más llanos, familiares, regionales y hasta jergales que constituyen su hábito, sino para que aprenda a identificarlos como tales. Pretender que un muchacho se exprese, hablando o escribiendo, como un adulto educado, sería empresa vana e inútil, ya que ese adulto no se expresa —si no es pedante— de un modo uniforme, sino que cambia de registros con gran movilidad: en ello consiste su cultura.
Ese control crítico es el que conviene imbuir a los escolares; no es el reproche del profesor lo que interesa, sino la calificación que ellos mismos hagan de su propia expresión, conscientes de que están utilizando un vulgarismo, un «tic» estudiantil, un regionalismo, un localismo, una voz o un giro de ámbito familiar, etcétera, que no pertenecen a la lengua media culta, la cual deben ir poseyendo poco a poco, gracias al trabajo de las aulas y a su permeabilidad y receptividad para esa lengua.
Otra cuestión, y muy ardua, es la de las tácticas concretas para lograrlo. Nuestra tradición pedagógica parece más bien pobre en lo referente a la enseñanza práctica de la lengua materna. También en esto tenemos una revolución pendiente, de la que nada se habla ni en las alturas oficiales ni en las otras. ¿Para cuándo la implantación efectiva de una metodología eficaz, en una acción semejante a la que tuvo lugar en Francia a principios de siglo? No es cuestión intrascendente: la vida social depende de la cultura idiomática de los ciudadanos mucho más de lo que suele creerse. Y si no se pone remedio a tiempo —está siendo ya demasiado tarde—, es lícito imaginar que van a resultar poco eficaces los esfuerzos que se hagan en otros órdenes de cosas para edificar una sociedad más justa y progresiva.

lunes, 20 de marzo de 2017

El prestigio de las palabras



Una mano se alzó entre los cientos de asistentes a aquella asamblea izquierdista, en la Universidad del posfranquismo. Y el estudiante que pedía la palabra le dijo a quien acababa de intervenir desde la mesa presidencial: «Perdona, te voy a hacer una autocrítica».
Algunas expresiones han adquirido un enorme prestigio con el paso de los años, como «autocrítica». Pero la supuesta confesión se convierte en un engaño si no se trata de un acto de sinceridad y si no implica alguna rectificación a cargo del autor.
Esas palabras de prestigio se impregnan de respeto y bendicen todo cuanto tocan, pues llevan dentro connotaciones positivas, objetivas, ajenas al debate. Y que a veces nos engañan.
El término “evolución” figura también en ese grupo. Hallamos propuestas de evolución en el periodismo, en la arquitectura, en el lenguaje, en nuestra concepción de la vida. «Hay que evolucionar», «Fulano no ha sabido evolucionar», «El enfermo no evoluciona», «El coche de Vettel lleva nuevas evoluciones»… Llama la atención que el verbo y el sustantivo (“evolucionar” y “evolución”) se apliquen casi siempre a desarrollos positivos, cuando el Diccionario no les otorga esa virtud. Quizás al valor meliorativo de “evolución” y “evolucionar” contribuya la mera existencia de “involución” y de “involucionar”. Sin embargo, tanto “evolucionar” como “involucionar” se refieren al desarrollo de algo hacia delante o hacia atrás, no necesariamente a su mejora o empeoramiento. Tal vez un enfermo desearía involucionar, por ejemplo: retroceder al momento en que estaba sano. «El idioma evoluciona», se suele argüir como lugar común ante cualquier crítica de un neologismo. Pero, aunque casi hayamos excluido esa idea en el significado, se dan a menudo evoluciones negativas: el enfermo empeora, la ciudad se degrada, nuestro léxico se empobrece. Y ese prestigio de la palabra “evolución” hace que lo olvidemos.
El término “auditoría” forma parte también del listado de vocablos prestigiosos. «Te voy a hacer una autocrítica» se asemeja en su sinrazón a «te voy a hacer una auditoría», expresión esta parecida a las que a veces oímos en el debate político.
Ni la “auditoría” ni el “auditor” están bien definidos en el actual Diccionario, que se refiere así a la auditoría contable: ‘Revisión de la contabilidad de una empresa, de una sociedad, etcétera, realizada por un auditor’. Pero luego el concepto de auditor no queda muy delimitado: ‘Que realiza auditorías’. La Academia resolverá el problema para la siguiente edición, en la que prevé redefinir de este modo la voz auditoría: ‘Revisión y verificación de las cuentas y de la situación económica de una empresa, realizada por un experto independiente’.
Y ahí está la clave: en la independencia de quien se encargue del trabajo; porque en eso radica el prestigio de “auditoría”: Por tanto, las auditorías contra un adversario y las “auditorías internas” de las que últimamente oímos hablar aprovechan el prestigio de la palabra para manipularla.
El auditor, además, si atendemos al origen del término (auditor, –oris), debe escuchar a unos y otros, enterarse bien. Los discípulos recibían en la Roma antigua el nombre de “auditores”, pues prestaban atención continua a su maestro. “Oír” y “enterarse” andaban entonces de la mano, y una expresión como audisti de malis nostris significaba «ya estás enterado de nuestras desgracias» (Diccionario Vox, 1990). “Auditoría”, “evolución”, “sostenible”, “autocrítica”, ”crecimiento”, “racionalizar”, “transparencia”… son vocablos de prestigio. Como la palabra “futuro”. Quién puede cuestionarla, si en ella volcamos todos los deseos. Después, el propio futuro decidirá por su cuenta, y reducirá nuestra capacidad de someterlo a solo aquello que realmente dependía de nosotros mismos. Pero mientras tanto, su prestigio nos seduce en el discurso político y en sus ofertas. Por eso quizás convenga que, cuando nos regalen esos términos para endulzar una frase, nos fijemos bien en las palabras amargas que haya a su alrededor.

martes, 14 de marzo de 2017

Afordable


Es difícil saber qué caso es más común: el de quienes, escribiendo en inglés (no los culpo, ya que el engendro aparece hasta en algún mal llamado “diccionario”), se olvidan de una de las efes del adjetivo “affordable” /əˈfɔːdəbl/ (“razonable”, “módico”, “asequible” —que no “accesible”, ni mucho menos “accequible”—), aunque el término provenga del inglés medio “aforth” y la segunda efe no se añadiera hasta el siglo XVI; o el de quienes, escribiendo o hablando en español, se olvidan de la riqueza de su lengua y prefieren inventarse este palabro espantoso, como podemos ver aquí y aquí.

lunes, 13 de marzo de 2017

Millones y “millonas”



La confusión entre el sexo y el género sigue rampante en algunas (quizá privilegiadas) cabezas. El problema no es puramente escolástico, ni menos aún personal suyo, sino que nos afecta a todos. Porque desde esas cabezas pasa a sus respectivas voces y escrituras, y de éstas a los oídos y ojos de cualquiera que esté a su alcance. Desde ahí inexorablemente se mete en su cerebro, en el que irremediablemente se instala la misma confusión.
Quizá el lector recuerde el revuelo provocado por el neologismo puntual “miembra” salido hace unos pocos años de la boca (y por tanto del cerebro) de la entonces ministra española de Igualdad Bibiana Aído. El público manifestó en masa su desagrado y la señora ministra se vio obligada a rectificar.
Ahí más o menos acabó todo, al menos en España: el mundo hispanohablante es ancho, y en parte ajeno por la distancia. Ahora llegan noticias de Venezuela, el país de la constitución dobletista («los venezolanos y las venezolanas»), de que en efecto hay un límite a lo que el hablante inocente puede tolerar y aguantar.
El detonante esta vez ha sido la expresión «millones y millonas» emitida por el presidente de aquella república en un discurso televisado al país. La respuesta en sus medios sociales no se hizo esperar: «Hay millonas de razonas para irsa de Venezuelo; pera iguala me quedo», escribió en Twitter un usuario. Y millones (hiperbólico) más.
¿De dónde procede y a qué viene todo esto, muy vigente también en España, con dobletes de género y sus secuelas ahora presentes por doquier y algunas normas oficiales incluso imponiendo su uso en ciertos espacios?
La respuesta es sencilla, aunque quizá menos para las privilegiadas cabezas de las que salen los mencionados partos. El sexo (el aparato reproductor que se revela en la zona central baja del tronco y en las conductas y taxonomías que de él se derivan) ha pasado a confundirse en esas cabezas (no puede uno saber si de modo real o imaginario, en aras de sus intereses particulares) con el género de las palabras de la lengua. Hasta el punto de verse ya la misma palabra género utilizada por sexo en documentos oficiales o paraoficiales: se pregunta, por ejemplo, por el “género” del solicitante, cuando el solicitante (una persona, no una palabra) por definición no puede tener género, aunque sí tiene sexo, la información que la pregunta evidentemente (pero no explícitamente) busca obtener.
El género de las palabras castellanas (y el de las de otras lenguas que lo poseen) es un simple fenómeno gramatical de concordancia (es decir, encaje mutuo) entre palabras de ciertas clases en este aspecto subordinadas y sus palabras rectoras, los sustantivos. Se dice, por ejemplo, EL orden (de factores) pero LA orden (franciscana) ¿Por qué esta diferencia? Simplemente porque el castellano es así. No hay más: en castellano también decimos yo bebo pero tú bebes y nosotros bebemos, con concordancia de número y persona en el verbo con el sujeto, pero en inglés son respectivamente I drink, you drink, we drink, sin concordancia en el verbo drink. Tanto la concordancia del verbo como la de género en relación a los nombres (el cometa frente a la cometa) son así fenómenos lingüísticos, no políticos. Menos aún biológicos como lo es el sexo.
Hace unas pocas décadas, un feminismo a mi juicio muy mal inspirado y peor orientado concibió el género (gramatical) como panacea para la promoción de causas en sí tan loables como la justicia y la consiguiente igualdad de derechos, alegando monstruos donde no los había. Todo el mundo que habla español sabe que una castaña es un fruto, no un árbol, precisamente por hablarlo. También sabe que en los trabajadores recibirán un aumento de salario la palabra trabajador no lleva significado sexual, simplemente porque en castellano no lo posee (habría que decir los trabajadores varones para dárselo), como castaña no lo tiene arbóreo: aprendemos esto según vamos absorbiendo la lengua en la niñez, espontánea e inocentemente, sin políticas ni politiqueos. Pero ahora nos vienen con el camelo de que trabajador (¡y cientos de otras!) denota sólo hombres, con las mujeres excluidas, reclamando por ello el uso de dobletes “los … y las …”, flagrantemente aberrantes para el hablante espontáneo de buena fe.
No sólo aberrantes, sino en extremo perjudiciales. Porque, como puntualicé al inicio, las palabras (cada una con su sonido, su significado y su gramática específicos) pasan de unos cerebros a otros a través de la boca, el aire y el oído. La única interpretación que el hablante común del castellano puede dar a “los vascos y las vascas” es que los vascos incluye sólo hombres: de no ser así, con decir precisamente los vascos llega y sobra, en efecto la realidad en el castellano auténtico de todos y de siempre.
El “miembra” de la entonces ministra Aído fue una estrella fugaz. Pero la epidemia continúa y se agrandará si no se la contiene: “millonas” ahora. Acabará cambiando el significado de cientos de palabras y causando así un perjuicio muy notable a la lengua de todos: constátese en la mismísima constitución venezolana (“los venezolanos y las venezolanas”, etc.) Estas acciones de “terrorismo lingüístico” (expresión atinada, por precisa, de Álvaro García Meseguer, un temprano abogado de la causa) no caen fuera de la ley, y así salen impunes. El único muro de contención y neutralización somos pues los hablantes. Todos y cada uno. Sin desmayo. A una, como Fuenteovejuna.

viernes, 3 de marzo de 2017

Amigos falsos y falsos amigos

Y es que no es lo mismo un falso amigo que un amigo falso. Precisamente por esta característica —la sutil o notable diferencia que implica la ubicación del adjetivo, por ejemplo—, debemos extremar precauciones a la hora de traducir al español.
Para mí, como corrector, resulta curioso comprobar lo literales que pueden llegar a ser algunos textos sobre tecnología traducidos del inglés, y, por contraste, lo fluidos que resultan otros, escritos originalmente en otra lengua romance. ¿Acaso son mejores las traducciones de lenguas romances al español? En ocasiones, me atrevería a decir que sí.
En mi trabajo cotidiano con traducciones técnicas del inglés, encuentro varios errores que se repiten con frecuencia, verbigracia:
1. La paulatina o total desaparición del signo de punto y coma.
  • Frase original: The first test was excellent. The second test wasn't that good. The third one was a complete disaster.
  • Traducción: La primera prueba fue excelente. La segunda prueba no fue tan buena. La tercera fue un completo desastre.
  • Alternativa: La primera prueba resultó excelente; la segunda, no tan buena; la tercera, un verdadero desastre.
2. La fragmentación —incluso atomización— de párrafos en un gran número de oraciones; concretamente: tantas como tenga el original en inglés.
  • Frase original: This product is for outdoor use only. Use this product indoors only if the area is well ventilated. Even when using it outdoors, ensure adequate ventilation.
  • Traducción: Este producto es para uso al aire libre. Use este producto bajo techo solo si la zona está bien ventilada. Incluso cuando la use al aire libre, garantice una ventilación adecuada.
  • Alternativa: Este producto está diseñado para utilizarse en exteriores; tanto si se usa en interiores como en exteriores, debe asegurarse una adecuada ventilación.
3. El uso de estilo personal o alternancia desordenada de este con el impersonal. (En inglés es mucho más frecuente el uso del estilo personal, pero no así en español).
  • Frase original: Remember you can install your device anytime. In order to install it correctly, all you have to do is plug it and follow the instructions.
  • Traducción: Recuerde que puede instalar su dispositivo en cualquier momento. Para poder instalarlo correctamente, todo lo que ha de hacer es enchufarlo y seguir las instrucciones.
  • Alternativa: Recuérdese que el dispositivo se puede instalar en cualquier momento: solo hay que conectarlo y seguir las instrucciones.
4. El uso de expresiones de nuevo cuño (calcos del inglés, generalmente) que no se entienden por sí solas, sino que se deducen por el contexto, lo que demuestra su merma connotativa.
Cito solo algunas de estas traducciones literales, que resultan anfibológicas en español:
  • Experiencia del usuario. Según el caso, puede equivaler a estas expresiones españolas, entre otras: satisfacción con el uso de algo, estancia en un hotel, aprovechamiento del tiempo, disfrute de una comida/bebida/servicio, relajación, sensación de bienestar, satisfacción general con un producto o servicio, gusto por algo, entusiasmo/contento, opinión por el uso de algo, impresiones generales o agrado.
  • Evento. Muletilla empleada para casi cualquier acto organizado: concierto, recital, boda, actividad empresarial, conferencia, congreso, charla, reunión, presentación de producto, acto, o seminario, entre otros.
  • Usuario. Por pereza e imitación de errores de la lengua inglesa, vemos este término mal usado en muchos contextos: usuario del transporte (‘viajero’), usuario de hospitales (‘paciente’), usuario de esta guía (‘lectores’), guía del usuario (‘manual de instrucciones’), usuarios del lenguaje (‘hablantes’), usuario del hotel (‘huéspedes’), etcétera.

lunes, 27 de febrero de 2017

Masmelo, marsmalow, mashmelo, masmalow


Adaptaciones gráficas (si bien sólo la primera está recogida en el Diccionario de la lengua española, además de en el de americanismos) de la voz inglesa “marshmallow” (/ˌmɑːʃˈmæləʊ/), que designa el ‘Dulce esponjoso hecho con clara de huevo batida, leche y azúcar, de diversas formas, tamaños y colores’, es decir, esas esponjitas dulces, que en los EE. UU. engullen tras incinerarlas en una hoguera, y que en el ámbito hispánico reciben un sinfín de denominaciones: “nube” o “jamón” en España, “angelito” en Guatemala, “bombón” en México, “carlotina” en Venezuela, etc.
Este dulce también es famoso en el mundo de la psicología merced a Walter Mischel y su “prueba del marshmallow”, en la cual formó un grupo de varios niños de cuatro años, les entregó un “masmelo” a cada uno y les retó a esperar veinte minutos para comérselo, ofreciéndoles como recompensa una segunda golosina. El objetivo era comprobar qué niños eran capaces de demorar sus deseos y cuáles eran más impulsivos; dos de cada tres no aguantaron la espera, es decir, sólo un tercio tuvo la fuerza de voluntad suficiente como para esperar al premio. Pasados unos años, cuando esos mismos niños estaban en la universidad o comenzando su vida laboral, se descubrió la siguiente correlación (que no causalidad): los pertenecientes al tercio menos impulsivo tenían más éxito académico (mejores calificaciones) y profesional (mejores puestos de trabajo). Esta es la base del “principio del éxito”, según el cual aquellas personas que tienen la capacidad de aplazar una gratificación, es decir, quienes son lo suficientemente disciplinados como para pensar a largo plazo y visualizar una mayor gratificación futura (en contraposición a quienes piensan a corto plazo y prefieren las recompensas inmediatas), tienen mayores probabilidades de alcanzar el éxito.
En el campo de la botánica, “marshmallow” se traduce como “malvavisco” (‘Planta perenne de la familia de las malváceas, con tallo de un metro de altura aproximadamente, hojas suaves, muy vellosas, ovaladas, de lóbulos poco salientes y dentadas por el margen, flores axilares de color blanco rojizo, fruto como el de la malva, y raíz gruesa. Abunda en los terrenos húmedos, y la raíz se usa como emoliente’), cuya raíz se utilizaba en la receta original del susodicho dulce, antes de sustituirla por la gelatina (junto con las imprescindibles cantidades industriales de azúcar refinado y jarabe de maíz).